Como un yogui te ama

Como un yogui te ama

(Amor de copla vs. Amor de yoga)

 Una irreflexión de Francisco González

Raphael

«Cuando de veras se quiere el miedo es tu carcelero». De este modo comienza el tema Tengo miedo del maestro Solano popularizado en voz de Rocío Jurado.  Los siguientes versos no mejoran mucho el panorama: «Me despierto llorando con temblores de agonía, porque tus ojos, mi vía, y ese color de tu pelo, aún dormía me dan celos, gitano, gitano, del alma mía». Un yogui o una yoguini con cierta experiencia seguramente sabría que el deseo exacerbado es el origen de la mayoría de los sufrimientos del ser humano. El exceso de deseo nos empaña la capacidad de apreciar lo que tenemos delante de nuestras narices. Ante un estado de enamoramiento, el yogui hará lo posible por buscar la no reacción y mantenerse en su centro, lo cual no significa que se tome la vida con demasiada seriedad ni que sea un pusilánime ni que renuncie a los placeres mundanos. Ni mucho menos: el yogui también se pondrá nervioso cuando el tritono del Whatsapp le anuncie la llegada de un mensaje de la persona amada. Pero una voz en el fondo de su conciencia le chivará que las emociones son pasajeras y que los besos que hoy le regalan, mañana se los podrían arrebatar. Y esto no le hará tener miedo, al contrario, hará que se arroje con más ahínco a los brazos del presente, fluyendo, como agua entre los dedos. Un yogui sabe que los miedos, el insomnio, los celos y esos temblores de agonía vienen todos de la mano del apego, y por este motivo tratará de ser independiente, de conservar su espacio personal. Buscará momentos de soledad y de reflexión, pero no perderá de vista que la felicidad —parafraseando el final de la película Hacia las rutas salvajes— no es del todo real hasta que no es compartida.

Si bien el miedo puede arruinar la experiencia amatoria, la temida pérdida del amor puede derivar en auténticos escalabros emocionales. Recurro de nuevo a «la más grande» y a la canción Ese hombre para dar cuenta de ello. «Es un gran necio, un estúpido engreído, egoísta y caprichoso, un payaso vanidoso, inconsciente y presumido, falso, enano rencoroso, que no tiene corazón». Efectivamente, la rabia puede ser una de las consecuencias del desamor. Por supuesto, el yogui no es inmune a ella y seguramente necesitará quemar su resentimiento a golpe de chaturangas y de kapalabhatis. Puede que tenga que ponerse hasta arriba de roiboos de vainilla en compañía de sus amigos y hasta puede que, en confianza, se refiera a su ex como «el innombrable» o «la impresentable». Pero pasado un tiempo, esa voz en el fondo de su conciencia volverá a chivarle que las emociones son pasajeras. Y sobre todo, entenderá, aunque le cueste, que cada uno de nosotros libra una dura batalla de la que casi nadie es consciente y, así, poco a poco, llegará el respeto, el perdón, y con ellos, el alivio.

Hemos esquivado el boomerang de la rabia pero resulta que se está haciendo de noche y empiezan a asaltarnos los recuerdos. Y la tristeza. Procuro olvidarte —un éxito versionado por artistas tan dispares como Falete o Karina— constituye un ejemplo conmovedor: «Me enredo en amores sin ganas ni fuerzas por ver si te olvido y llega la noche y de nuevo comprendo que te necesito». Resulta conmovedor el esfuerzo consciente por querer salir de una situación no deseada. Sin embargo, tras este esfuerzo, el yogui advierte que puede esconderse un peligroso autoengaño. ¿Es verdad que «no puedo olvidarte» o más bien «tu recuerdo me procura un oscuro placer del que en realidad no quiero desprenderme»? Sí, sí, el yogui también cae en círculos viciosos de tristeza y de autoengaño. Pero con suerte, buceará a solas en su interior, intentará observarse a sí mismo desde la distancia y tal vez un día se dé cuenta de que soltar una emoción puede ser tan fácil como abrir los puños y dejar que se precipite contra el suelo. Y si la cosa se pone muy fea, siempre podrá ir a un retiro de meditación vipassana y no salir de allí hasta ver las cosas tal y como son.

Pues bien, en esta España cañí plagada de emociones transgénicas, en este mundo donde de pequeños nos enseñan a calcular raíces cuadradas pero nadie nos habla de inteligencia socioafectiva, podemos encontrar también un raro ejemplo de amor casi yogui. Admito que le sobra algo de fanfarronería y que el uso del pronombre personal de primera persona puede alarmar un poco. Por lo demás, describe un amor libre, puro y seguro de sí mismo. Un amor enérgico, sobrehumano, capaz de vencer el tiempo y los elementos. Un amor sin miedos ni pamplinas.  Me refiero a…  Como yo te amo. Y si no me crees, haz la prueba. Dale volumen, ponte de pie y trata de escenificarlo. Sin darte cuenta vas a empezar a sacar pecho y a mejorar notablemente tu alineación postural. Y según avanza la canción vas a sentir cómo te vienes arriba, cómo el ánimo y el espíritu se elevan. Vas a notar cómo poco a poco te llenas de ese je ne sais quoi, de esa alegría de vivir, de ese estar aquí y ahora.

Estamos de prestados, el día menos pensado nos cierran el chiringuito. Así que mira, ya que nos ponemos a amar, mejor amar como lo haría Raphael.