¿Qué es un yogui a fin de cuentas?

Artículo de Sonya Elliot

Traducción al castellano de Francisco González

Ver artículo en inglés: What is a yogi anyway?

Mantengo mi cuerpo tembloroso en la postura del perro boca abajo, con los brazos extendidos, los dedos bien abiertos y las palmas sobre mi esterilla morada. Los glúteos se mantienen bien arriba, pero los dedos de los pies se agolpan en la esterilla y los talones tan solo consiguen saludar al suelo. Me duelen las piernas y el sudor me cae por la espalda. Obviamente no soy una yoguini.

¿Y qué es un yogui o una yoguini a fin de cuentas? Un maestro de yoga, según la definición de dictionary.com. Pues bien, una cosa puedo decir: Yo NO soy eso. Pero el diccionario también define yogui como alguien que practica yoga. Nos vamos acercando. Tradicionalmente, esta filosofía milenaria ha propugnado y prescrito una serie de pautas físicas y mentales con el fin de alcanzar la liberación del mundo material y la unidad con uno mismo y con el Ser Supremo. Hoy día, sin embargo, la mayoría de estadounidenses cree que el yoga es una serie de posturas y de ejercicios de respiración que se practican para conseguir mayor control del cuerpo y de la mente.

¿Importa lo que diga el diccionario? A mí no. Yo soy madre, esposa, modelo, escritora y entrenadora de baloncesto en un instituto. La verdad, no me resulta fácil relajarme y hacer lo que sé que es bueno para mi mente y para mi cuerpo. No obstante, el yoga me ha ayudado a sobrevivir tanto mental como físicamente. Mmm, tal vez debería explicarme mejor:

El yoga ha sido parte de mi vida durante más de 20 años, y aun así, cuando me preguntan si practico yoga, suelo dudar. ¿Por qué? Porque no puedo doblarme como un pretzel, ni desenrollo mi esterilla a diario. De hecho, cuando mi agente me preguntó si quería ser modelo para una compañía de ropa de yoga, lo dudé. Sólo pensaba en la cara que pondrían cuando viesen que levanto mi hombro derecho un poco más de la cuenta en la postura de la silla y que mis caderas no están en línea en el guerrero I. ¿De verdad practico yoga?

La primera vez que probé el yoga fue en la universidad. No entendí la relevancia de aquella clase en mi vida. A mí lo que me gustaba era el baloncesto y el ejercicio físico intenso. No comprendí la importancia de estirar lentamente el cuerpo, y mucho menos de aquietar la mente. ¿Saludo al sol? ¿Eso qué es? Conseguí salir del paso en casi todas las posturas menos en las de equilibrio y fuerza, y cuando acabó la clase le dije adiós al yoga.

Y entonces, el 20 de noviembre de 1991 mi vida cambió por completo. Días antes de mi boda me atropelló un tren. Me destrocé el brazo derecho y el fémur. Y el corazón se me hizo trizas cuando me desperté en el hospital y me enteré de que mi prometido había muerto en el accidente.

El yoga no me ayudó a recuperarme de inmediato. Pero a medida que ganaba fuerza e iba saliendo adelante (aprendiendo a sobrevivir sin Mark), el yoga fue volviendo a mí. Meses después del accidente, cuando pude caminar de nuevo, entré en una clase de yoga. Sabía que sería casi imposible hacer la mayoría de las posturas; aun así me sentí obligada a intentarlo. Dentro de mi corazón debía saber que el trabajo de equilibrio me vendría bien y que incluso me ayudaría a hacer una de las cosas que más quería: jugar al baloncesto de nuevo.

Con la mitad derecha de mi cuerpo totalmente contusionada, necesité varias mantas y accesorios para entrar y salir de posturas complicadas. Me centré en la respiración, y de algún modo eso me ayudó a encontrar paz en ese momento de estrés y de dolor. Día tras día, postura tras postura, mi yoga mejoraba, mi práctica mejoraba, y yo mejoré.

Ahora, más de 20 años después, me gustaría poder decir que me levanto a las 5 de la mañana y practico una hora de yoga y meditación antes de empezar el día. Pero no puedo. Intento ir a yoga una vez en semana (énfasis en intento). Consigo hacer unos 10-15 minutos de yoga después de mis ejercicios en el gimnasio. Con la ayuda de un buen calentamiento y de una rutina de estiramientos de yoga, aún compito en la liga femenina de baloncesto en Seattle. No está mal para tener 45. Mi cuerpo tal vez sea un poco asimétrico, y quizás no haya alcanzado la liberación del mundo material, ni la unión con el Ser Supremo, pero gracias al yoga aún juego al baloncesto y disfruto de mi marido e hijos; también me ofrece algunos momentos de tranquilidad y paz en esta vida alocada. No soy una yoguini, pero soy feliz. Y a fin de cuentas, ¿no es eso lo que de verdad importa?